jueves, 22 de noviembre de 2012

Voces de mamás

(Flores. Sil from Pencilory copyright)

Cuando los adultos nos enfermamos, en general, nos ponemos débiles, de cuerpo y espíritu. El cuerpo pide cuidados en todos sentidos. Cuando somos chicos, el cuerpo y el espíritu también se achican un poco y todo parece confuso, agotador y fastidioso.

Es la primera vez que veo a mi niño enfermo. Ha tenido cosas y cositas aquí y allá pero nunca había tenido un virus (famosos ellos) y éste le agarró fuerte.
Ahora va mejorando, de a poco pero ya verlo sonreír y volver a corretear un poquito me da señales de que vuelve a ser él mismo otra vez y a mí el espíritu me vuelve encima.

Pensaba qué es lo que ocurre a veces en estos estados que sólo escuchar una voz nos puede calmar o tranquilizar en distintos sentidos. Una voz amiga o una voz cercana.
Yo puedo tener varias disidencias con mi propia mamá, a los 40 años ya hay cosas que no podemos cambiar de nuestros padres y hay que aceptarlos como son.
Pero hay algo que jamás pondría en duda y es su capacidad de ser mamá, a su manera, pero que ha surtido efectos tantos, tantos años.
Escucharla, aún por teléfono, consigue calmar el peor de mis estados. Lejos, en los últimos años ha sido lejos (por mi culpa, lo asumo) escucharla es el famoso "bálsamo" que necesito.
Y esta vez pasó con Martín, que a pesar de tener una abuela por skype la pidió varias veces para escucharla, e increíblemente calmó también su estado anímico.

No pasaba lo mismo con la voz de papá. Yo intentaba recordar a mi viejo, ya fallecido hace algunos pocos años, y su voz no me tranquilizaba particularmente, no era su don, aunque aún recuerdo el tono y hasta a veces lo escucho. Sin embargo podía darme seguridad en otros sentidos (no tener miedos, por ejemplo, algo que le debo a él -salvo al agua, pero a veces uno es más fuerte que sus papás).

Me pregunto si mi voz sirvió de algo estos días. Espero que sí.
En fin, que se acabe este virus de una vez y estaremos todos tan contentos.

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